Reflexiones

Humanidad en un mundo de IA

Es de común conocimiento que existen cada vez más herramientas basadas en GPT (transformador pre-entrenado generativo) que se incorporan a los quehaceres cotidianos. Bien sean recursos de inspiración, de organización, o de ahorro de tiempo, las IA revelan aplicaciones sorprendentes en campos impensados hace apenas un par de años.

Ya no es tan desfachatado pensar que las predicciones climatológicas serán más precisas que nunca o que solo hará falta una idea dentro de una mente humana para que se transforme, eventualmente, en una película o serie completa. Y esto es solo el principio…

Sin embargo, es irremediable pensar en cuál será el costo humano de este avance, cada vez más acelerado y difícil de asimilar para una buena porción de la humanidad, y en el medio de un proceso en el cual más y más plazas laborales se ven cada vez más afectadas por el reemplazo paulatino de humanos por máquinas.

Esto plantea quizás demasiadas incógnitas con muchísimas aristas, aunque las principales que más cautivan mi pensamiento al tocar este tema son el impacto económico, el impacto social, el impacto laboral, y el impacto filosófico de la IA en el mundo futuro, que no es tan lejano como parece.

A medida que las IA se vuelven capaces de realizar tareas más complejas en menor tiempo, con mayor eficacia y eficiencia, empiezan a aparecer motivos tangibles para que ellas reemplacen a las personas, ya no solo en tareas repetitivas como efectuar operaciones mecánicas o de soldadura, como viene sucediendo en la industria de manufactura; sino también tareas creativas o administrativas, normalmente efectuadas por humanos. Ya no es para nada raro encontrar por doquier en la web contenido generado 100% por IA. Cada vez más en cantidad, velocidad y volumen. Toneladas de información hechas con GPT que no hacen más que plantear serias dudas sobre el uso de estas tecnologías.

En el plano económico, las IA supondrían para las empresas ahorros millonarios en “costos laborales”, con la contrapartida de ver puestos de trabajo pulverizados, y en (obvia) consecuencia una mayor desocupación generalizada entre personas altamente calificadas. Este escenario, tan apocalíptico como tangible es usualmente rebatido con el argumento de que las plazas laborales suelen reconvertirse, dado que siempre hará falta alguien que monitoree el correcto funcionamiento y productos de las máquinas. Esto usualmente ha sido el caso a lo largo de la historia de la mecanización y automatización industrial. Lo que muchas personas olvidan, sin embargo, es que la adaptabilidad del ser humano a cambios tan bruscos es lamentablemente limitada, lenta y paulatina. Y lo que es más importante, no se da con proporcionalidad.

Es tan sencillo como deducir que si una máquina inteligente hace el trabajo de otras diez no inteligentes, entonces un operario vale por los otros diez. Por lo tanto, son nueve puestos de trabajo menos. Un aumento de productividad no por aumento de producto, sino por disminución de insumos. En este caso los del trabajo. Mientras tanto, ese único puesto de trabajo requerirá una mayor carga intelectual fruto de una mayor preparación instructiva de operación y una mayor carga de responsabilidad sobre la producción de esta empresa hipotética. Dejando de lado las concesiones teóricas que me tomo para este ejemplo que acabo de explicar, parecería que la dinámica de lo laboral avanza en un sentido de calidad en lugar de cantidad. Una suerte de destilación del mercado laboral que exige más competencias y responsabilidades, a un precio que no necesariamente es mayor, dada la creciente cantidad de mano de obra calificada sin empleo. Simplemente una cuestión de oferta y demanda.

Esto en lo social supondría más desocupación y más inequidad. En el largo plazo, con casi todas las plazas productivas ocupadas por máquinas, el exacerbado aumento de la productividad se volvería inútil, puesto que llegaría un punto en el que cada vez menos personas podrían adquirir esos bienes.

Con una eventual totalidad del mundo laboral ocupada por máquinas, solo cabría cuestionar el sentido filosófico de existencia de un ser humano que ya no es tan útil como lo es una máquina, y cuyas únicas necesidades son comer, vestirse y pasarla bien.

Habiendo desarrollado todo este escenario a sus confines más exagerados, es válido preguntarse… ¿Es todo esto viable? ¿La IA viene a ayudar nuestro progreso o a acelerar la debacle de nuestro sistema socioeconómico?

Muchas de estas incógnitas no tienen respuesta inmediata, puesto que la IA abre un sinfín de debates en torno a los aspectos más centrales de la vida humana, en el que quizás sea uno de los momentos más difíciles de la humanidad, aunque por otros motivos. Este nuevo camino desandado y silvestre como se presenta, también abre lugar a la esperanza en varios sentidos.

Es probable que en un mercado laboral colapsado de productos hechos con IA, el trabajo humano se revalorice en todos los significados. Los libros, los poemas, la música y las artes plásticas podrían verse vigorizados en una suerte de renacimiento posmoderno. Una vuelta a la esencia misma de lo que es el ser humano más allá de sus limitaciones a la hora de operar mediante silogismos con su materia gris. Su capacidad de reír, conectar con otras personas, generar comunidad, compañía y consuelo. Su capacidad de amar… Todo eso sigue siendo irremplazable por lo artificial. Y ese es el valor más grande y genial de la vida humana en este mundo.

Sin embargo, más allá de los romanticismos, es imperativo que la educación comience a entrar en directa sincronía no solo con las demandas del mercado laboral, sino también con el desarrollo tecnológico. Tres aspectos directamente interconectados para lograr un desarrollo y contención social a la altura de los cada vez más acelerados acontecimientos del mundo. Pero fundamentalmente, para sostener y dignificar el sentido de la vida humana. Que es aquello que siempre se ve en juego en los momentos extraordinarios de la existencia.

Si bien en el horizonte se avizoran tormentas de cambios bruscos, todo parece indicar que la humanidad siempre tiene en un rincón pequeño del ser una chispa, que en momentos difíciles da ignición a grandes momentos de grandeza.

De aquí en más ya no sé qué será del futuro. Aunque por ahora puedo decir que esta entrada no fue escrita en ChatGPT.

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