Emprendedurismo

La importancia de la pequeña empresa

Un reciente artículo de Techcrunch menciona que, apenas durante el primer cuarto del 2024, se produjeron más de 250 mil despidos a lo largo y ancho de la industria tecnológica. El caso más reciente y resonante siendo Google, que durante abril cesanteó a todo su equipo de desarrollo de Python. Otros ejemplos impactantes: el personal global de Tesla se vería reducido en un 10% (14.000 empleados) luego de una comunicación interna difundida por el propio Elon Musk. Dell, achicó su personal en 6000 plazas alrededor del mundo, luego de cerrar el año 2023 con 13000 despidos. E IBM anunció un plan para relevar 8000 plazas en su sector de marketing y comunicaciones para focalizarse en el desarrollo de IA.

Ciertamente este tipo de noticias no pasan desapercibidas, por un lado porque la industria tecnológica es la que gobierna la porción más significativa de nuestras vidas, estando compuesta por empresas valuadas en cifras que equiparan o superan el PIB de un país promedio; y por el otro, porque estos acontecimientos generan acalorados debates e interrogantes. Particularmente en torno a la cultura y política laboral de la actualidad. Siempre pensando en que los afectados por estas “reestructuraciones” son personal altamente calificado y experimentado, en algunos casos con décadas de experiencia sobre sus hombros.

Tampoco suena muy motivador en un aspecto de RRPP para estas corporaciones que constantemente se ufanan de buscar talentos jóvenes que recién salen al mercado laboral. Son noticias como esta la que contribuyen al conflicto existencial que atraviesan muchos trabajadores de la actualidad, en especial los que recién se insertan al mundo laboral con un título bajo el brazo y sobre todo luego de las desoladoras consecuencias socioeconómicas del COVID-19 que todavía resuenan en el mundo. Es el “¿ahora qué?” más contundente que puede enfrentar una persona con un mundo dentro de su mente.

Indagar en los motivos que tiene una corporación cuando, frente a los hechos, recurre a eufemismos y argumentos de “crecimiento”, es cuando menos meterse en un laberinto. En lo que a mi opinión respecta, me resulta un poco absurdo seguir hablando de crecimiento cuando ya hay mercados dominados por completo. El ejemplo de WhatsApp en el segmento de las aplicaciones de mensajería es contundente: según Statista, solo en Brasil, WhatsApp tiene una cuota de mercado del 98,9%. India, 97,1%. Italia, 97%. Argentina, 96%. Suiza, 95,9%. Al ver este tipo de cifras es inevitable que me pregunte ¿cúal es el límite? ¿Qué hay luego del 100%?

Es posible que estemos atestiguando ya el techo de ese crecimiento infinito al que tanto aspiran las grandes corporaciones, entendidas como colosas estructuras bien alejadas de la consciencia individual y del capital humano que las creó en un primer lugar. Esto es lo que entiende por capitalismo, tristemente pero con fundamentos, una buena porción de la sociedad mundial más bien afín a las ideas colectivistas. Aunque del otro lado de la vereda pareciera que tampoco logramos dar en la tecla, con modelos de “Estado presente” que, como bien la historia atestigua incontables veces, o bien fracasan estrepitosamente por el peso de sus propias limitaciones y miserias morales, o bien derivan en autoritarismos brutales para poder sobrevivir.

Al fin y al cabo tanto una corporación transnacional como un Estado son estructuras gigantescas, que cuanto más grandes se vuelven, más distorsionan la dimensión de la singularidad humana personal. Los intereses se vuelven difusos y difíciles de entender, las decisiones se toman en función de “el crecimiento de la empresa”, “el bienestar social”, “el pueblo”, “la nación”, etc. En todos los casos hay riesgos enormes al perseguir tales nociones de consciencia colectiva, porque supone negar la identidad de uno mismo y volverse un número más, al servicio de un disque-dios de creación humana. Falible, corrompible y mortal como nosotros mismos.

Resignificar los negocios

Lo cierto es que ni una cosa ni la otra tienen que ser determinantemente extremas. Pero sí es cierto que, el gran igualador termina siendo el individuo, no solo como ciudadano, comerciante o prestador de un servicio, sino como persona en su sentido íntegro, miembro de una comunidad donde conviven muchos individuos con profundos anhelos, sueños y circunstancias propios que no se pueden estandarizar ni simplificar de ninguna manera, dada la magnífica unicidad humana. Es precisamente por acá que creo que el capitalismo puede resignificarse a través de las personas y sus singularidades.

En este escenario planteado es que la pequeña empresa tiene un set de valores competitivos fundamentales. Ante todo, desdibuja las líneas entre lo personal y lo laboral, generando un redescubrimiento del significado de negocio: hablamos de transacciones cara a cara con nombre y apellido. Iniciativas que sirven a la comunidad en la que se encuentran, atendiendo a necesidades puntuales con un nivel de mucha más precisión, calidez y responsabilidad, con un mayor involucramiento en las demandas particulares y específicas del otro. Así, la capacidad de respuesta se hace más clínica y directa, con la calidad del producto íntimamente relacionada con la aptitud y actitud de la persona que lo hizo. Es acá en donde radica el valor estratégico de la producción humana en pequeña o mediana escala, en cualquiera de sus formas. Sea como producto o servicio.

La paradoja de la pequeña empresa es que existen ocasiones en donde desarrolla productos de calidad superior a los que provienen de líneas de producción en serie, con lo cual ven su demanda acrecentada enormemente y en ella una oportunidad de crecimiento, el cual tiene un cierto peligro de avanzar en un sentido que la aleja de la calidad original en pos de la masificación del producto para atender a la demanda creciente.

Al leer las noticias como las mencionadas al principio de esta entrada, en un mundo que atraviesa una importante destilación del mercado laboral, exigiendo menos personas de mayores capacidades, puede ser tentador caer en la desesperación de pensar que el esfuerzo no vale la pena. Sin embargo creo que las necesidades y demandas son diferentes, con nichos de mercado para todo y todos.

La idea de esta entrada no es expresar oposición frente a lo que significan las grandes empresas tecnológicas y sus aportes a la sociedad en términos de los recursos que usamos todos los días para comunicarnos, expresarnos y desempeñar nuestras actividades cotidianas. El empoderamiento de la sociedad gracias a estas herramientas es innegable y gracias a ellas hoy la información está más accesible que nunca. De hecho la otra paradoja es que las herramientas brindadas por empresas como Google o Meta se utilizan precisamente como recursos fundamentales en cualquier empresa o ámbito. Para crear, comunicar, difundir y hacer cualquier tipo de actividad en general.

Sin embargo, los acontecimientos recientes ponen cada vez más en crítica la noción doctrinal que se tiene con respecto a la linealidad de la educación y el mundo laboral. Precisamente lo que los últimos años pusieron en crisis fue la idea tan asimilada de que al terminar un ciclo educativo las oportunidades estaban garantizadas. Pero nuestro sistema educativo, aún en la calidad de su contenido, sigue siendo flaco en proveer a los estudiantes con nociones prácticas como finanzas personales y emprendedurismo, solo por decir algunos ejemplos. Persiste la idea de que las puertas se abren solamente cuando el ciclo se termina, adoctrinando personas en la idea de ser empleados y no líderes con iniciativas. No digo que la educación no sea importante. Por supuesto que lo es. Pero pienso que no debería ser entendida como una simple etapa de unos años que así sin más culmina en el conformismo de un puesto laboral que teóricamente es seguro. Tanto en el ámbito privado como en el público sobran ejemplos de que esto no es así. Y asímismo, el hecho de cursar cualquier etapa educativa no debería frenar la iniciativa de emprender. Sea a los 15 años, a los 30, a los 50 o a los 80.

El año pasado tuve la oportunidad de colaborar con la identidad gráfica de “Indart Avanza” junto a la Municipalidad de Salto. Un programa de promoción local de empresas en la localidad de Inés Indart, del partido de Salto, Buenos Aires, Argentina.

La clave del futuro

Esta realidad despierta entonces la necesidad estratégica de promover a la pequeña empresa, identificando sus virtudes estratégicas en la oferta de productos y servicios, así también como su rol (obviamente central) en la recuperación económica no solo de nuestro país, sino también del mundo.

Frente a tiempos inciertos como estos donde la “seguridad laboral” no es tan segura y donde tradicionalmente emprender ha sido siempre la oveja negra de las salidas laborales, la pequeña empresa tiene la posibilidad histórica de convertirse en el buffer por excelencia, no solo en términos de contención social, sino también del potencial crecimiento económico de cara al futuro, porque responde directamente a lo que necesitan y demandan los individuos a ambos lados del mostrador.

Creo que como consumidores, nuestra tarea es promoverla y apoyarla; y como emprendedores, nuestra tarea es ponernos a la altura directa, mano a mano, de lo que demanda la otra persona, poniendo transparencia, escucha, responsabilidad y paciencia. Es de esta manera que nuestra marca se hace fuerte porque detrás tiene nombre, apellido, sueños y esperanzas. Una persona que responde y una cara con la cual hablar para plantear inquietudes.

En un momento difícil no solo para mi país, Argentina, sino para el mundo entero, los seres humanos tenemos recursos técnicos y capital conocimiento de sobra. Solamente hace falta animarse y dejarse sorprender. Porque precisamente detrás de todo esto se encuentra la clave del futuro.

Finalizo esta entrada con una ecuación simbólica mencionada por un profesor de una materia que cursé en la Universidad.

Aptitud * Actitud = Resultados.

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